Monday, November 06, 2006

El Felipe


Me senté en la acera y traté de recordar lo ocurrido durante la noche, me era imposible, demasiado extensa, demasiado de demasiado. No sé por que imbecilidad se me vino a la memoria las viejas fiestas de toque a toque, las frazadas en las ventanas y la imposibilidad de proseguir a un after hours o algo por el estilo. Felipe, creo que las copas te han superado ampliamente, me dije.

El faro del poste de luz se apagaba y cada cierto tiempo se encendía casi con modorra, calculo que ya estamos ad portas del amanecer, entonces es obvio que El Tramposo esté cerrado, me pregunto entonces que mierda hago sentado en la acera si mi bar favorito ya bajó las cortinas y el tramposo de Iván Daniel ya estará en su casa durmiendo, o bien, tirándose al minito-de-este-fin-de-semana. Un loco este Iván o una loca más bien. No me gustan los maricones, nunca me tiraría a uno a eso me refiero, prefiero a las minas con toda su exquisitez y sus rollos vanidosos, los cuales en realidad me apestan bastante sin embargo a la vez me calientan, también de sobremanera.

Pero el Iván Daniel es de otra constelación, no es una nova vulgar y corriente, tiene su clase, su estirpe propia. Es tan fino, es tan decente en sus movimientos femeninos casi imperceptibles empero evidentes. A veces cuesta creer que sea homosexual, se podría pensar que no es nada más que muy culto, muy refinado, sin embargo, no hay mina que lo iguale. La más femenina parece burda a su lado.

¿Podré dormir sin el último traguito? He tomado ron en miles de sitios pero el de Iván Daniel es preciso ni un grado más ni uno de menos, es la mezcla, con mayúsculas, y con una rodaja de naranjas por supuesto, nunca llegaría a la vulgaridad de poner limón en una cuba libre, no, él no lo haría jamás.

Qué mierda, si por lo menos recordara que hice esta noche, así sabría qué me llevó a perder el último traguito en El Tramposo.

Sabina, ¿quién mierda es?, no conozco a ninguna con ese nombre tan puto. De dónde he sacado ese nombre. De pronto algo se me viene a la memoria, creo estaba en el baño del Troglodita o del Murciélago, hum, no lo sé, pero por allí es que se me aparece. Tenía unas ganas abominables de orinar y me metí a la primera caseta desocupada que encontré. Meé larga y sonoramente afirmado de la muralla para no terminar de cabeza en el inodoro. Estaba borracho, claramente ebrio, tal vez más que ahora, me tambaleaba como un imbécil. Cuando volví sobre mí, me fijé que no había cerrado la puerta del retrete y allí estaba ella. Te ayudo, me preguntó. Me sentí avergonzado, ella sonriente, rica, tremendos senos y yo borracho como el que más y con el pene en la mano de frente a ella. Me ruboricé claro está, nunca le había mostrado mi virilidad a una dama sin antes invitarla un trago. Y ella sonriente, la boca exquisita y jugosa, cerré los ojos y la imaginé chupándome, transportándome de nube en nube, dejándome lo más cerca de lo celestial que podría estar, aun conociendo mi historial.

Te gustó, me preguntó risueña. Abrí los ojos y caí sobre mi peso.

Dime como te llamas por lo menos. Sabina. Es la mejor chupada que me han dado en la vida, le mentí groseramente, pues en realidad no me di ni cuentas, estaba demasiado borracho, enteramente ebrio, y sin embargo ella, feliz, muy coqueta, pero muy coqueta. Y qué haces en este baño, la regañé. Es el baño de damas tontillo, eres tú el que no sabe donde pone sus cosas. Su risa contagiaba, Se reía fuerte pero con delicadeza, parecía una mina común y corriente, temí ser latero pero necesitaba preguntarle. Después de un traguito te cuento, manifestó cada vez más coqueta, necesito enjuagarme la boca sabes y hizo el además con el dedo. Fresca de raja pensé, sin embargo me gustaba, puntuda pero compuesta, ni el más prejuicioso la trataría como a una camboyana, no ella no, jamás.

Bebimos más de un trago. Sí antes de la escena del baño estaba borrado, ahora estaba peor. La música de la discoteca se detuvo y guardia solemne y enérgico me pidió que me retirara. Espero a Sabina sabes, le dije. Ya no queda nadie en el local, señor, agregó con ese típico dialecto de paco que en sus horas de ocio se dedica a guardia de seguridad en locales nocturnos.

O sea, ¿de Sabina nunca más? ¿Se llamaba Sabina?

Tenía hambre, me hubiese gustado un chacarero en el Plato feroz, pero las seis cuadras de distancia me parecieron una eternidad. Me como una tabla en El Tramposo me propuse. ¡Por qué habrá cerrado tan temprano este maricón de mierda! (No lo digo por lo homosexual sino porque cerró muy temprano nada más).

Cuánto tiempo llevo aquí, ya debiese haber amanecido calculé.

Me afirmé en el poste de luz, me puse de pie, tenía ganas de vomitar pero no sentía el estómago, sólo las ganas. Inicie el procedimiento de rigor, posición noventa grados, piernas separadas, brazo derecho por sobre el hombre derecho apoyado en el poste, mano izquierda apoyada sobre rodilla idem, hice arcadas una tras otra, hice arcadas hasta que me dolió la garganta, sin embargo no logré expulsar nada, ni una sóla mierdita.

Si camino un poco tal vez. Demoré muchísimo en llegar a la esquina, los diez metros más largos de la noche, esperaba que el movimiento me aflojaran el diafragma y que la brisa fresca me permitiesen vomitar, era lo que necesitaba, vomitar para alivianarme, veía doble que doble, cuádruple.

¡Dónde podré tomar una cervecita para refrescarme!

Al legar al semáforo divisé un tumulto, mucha gente, la mayoría tan borrachos como yo. Un auto azul, otro verde como el de los pacos, y otros blancos con amarillo, que sé yo. Lo que sí, todos tenían luces en el techo, balizas creo que les llaman. Me acerqué total que más da. Había un tipo en el pavimento, con el rostro destrozado y los intestinos al aire. Otro de pie a su lado estaba como zombi, inmóvil, atónito, el paco trataba de entablar algún diálogo con él, pero nada, el tipo estaba transportado, cero respuestas. Se contentaba con admirar su obra. Había arrollado al otro tipo y lo había arrastrado casi quince metros. Me puse al lado de una chica que creí reconocer, ella hablaba con otra, agucé el oído para enterarme de la última.

- Y pensar que estuve con él hace sólo un par de horas – dijo la que creí reconocer.
- No digai hueona, y ¿quién es?
- Se llama Felipe y tuve sexo con él hoy.
- ¡Sabina! ...¡por la mierda!

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