Llamada Perdida
Agucé el oído y por cierto, mi teléfono celular avisaba una llamada entrante.
- ¡Maldita sea!, exclamé.
Estaba absorto observando la garúa matinal, ese manto inasible que se extiende sobre el lago Ranco, y, no sé si fue mi natural fobia por los teléfonos o lo desagradable de la interrupción, pero me levanté molesto en busca del aparato. El ring ring otra vez, por qué no lo habré apagado, mascullé sin sentido.
Me acerqué al teléfono como quien se aproxima a un campo minado, casi temeroso de que “alguien” me llamase, lo cual era bastante obvio, el teléfono estaba sonando pues.
Observé el visor: número privado. Recorrí mentalmente los números privados que podrían estar al otro lado de la línea. ¡Ring ring!, tomé el aparatillo, presioné el botón de color verde y me acerqué el auricular al oído.
- Aló, dije con voz quejumbrosa. Recordé aquella vez en que me quedé en casa agobiado por la semana laboral, cuando me reporté enfermo y comuniqué a mi jefe que me tomaría el día sábado para reponerme. Imité, sin quererlo, aquel tonito enfermo de quien contesta más por deber que por el gusto de entablar conversación alguna. Sólo el éter al otro lado de línea. Volví a mirar el visor: llamada perdida. Me alegré de mi lentitud, al tiempo que me preocupé por la llamada, y si era importante. Pensé algunos segundos y me reconvine a mi mismo, y si es importante, llaman de nuevo, me dije.
Aproveché la usurpación de mi privacidad y continúe camino hacia el ordenador, de todos modos tenía que leer los diarios y revisar el correo electrónico. No me podía ausentar tanto tiempo de la realidad, más que mal vivía inmerso en ella y este descansito no era más que eso, un aro en la vida urbana, un tomar aire puro, oxigenarme, hacer circular la sangre y recuperar mis cansadas circunvoluciones.
Encendí el PC y mientras esperaba que el sistema iniciara, recordé que estaba en la cabaña y que allí no tenía conexión a Internet. Dos intentos fallidos esa misma mañana era demasiado. Me calcé las botas y salí a caminar por el bosque. Todo indicaba que ese día mi contacto con la naturaleza era ineludible, todos los obstáculos que aparecían se esfumaban como por encanto, no podía ser coincidencia, los detalles son los matices de la vida, son los indicadores del movimiento, por lo tanto, al ataque, a la conquista del bosque.
Recogí algunas bayas y me interné por un sendero no muy marcado, no muy sendero en realidad, no obstante, denotaba el paso de otros seres antes que yo, lo cual me tranquilizó pues sabía que ese camino me llevaría a algún lugar. La pregunta era si deseaba llegar a ese algún lugar. No sé cuantos días han pasado desde que me vine de la ciudad, sin embargo han sido los suficientes como para transformarme en un feliz ermitaño.
Continúe la aventura de recorrer ese espacio de bosque casi inexplorado, me entusiasmó la idea de seguir la huella pues a medida que me internaba en ella, menos vestigios de paso humano encontraba. Si era así, es decir, si la huella desaparecía definitivamente, implicaba recorrer espacios vírgenes, senderos aun no inventados al paso del ser humano, una sonrisa de niño me tiñó el rostro, me sentí explorador, descubridor, comencé a moverme nervioso, ansioso, expectante, todos mis sistemas de defensa se activaron. Me asumí urbano, mi estómago agarrotado me lo recordaba.
El bosque cerraba paso ante mí. La naturaleza se hacía cada vez más verde, me mostraba todas las tonalidades ya conocidas y cada cierto tramo, me sorprendía con nuevos matices de verdes, totalmente nuevos para mi registro. El verdor era tremendo, un espectáculo tan maravilloso que no me importó perder de vista el cielo y la tierra. La costumbre urbana de calzarme de asfalto me hacia creer que flotaba entre nubes verdes, el paseo se hacía tan extraordinario que temí soñar, temí abrir los ojos y verme obligado a partir con rumbo a la oficina como cada mañana, cada semana, cada mes, cada año. Sentí hielo en la espalda, aunque noté que de mis labios no se despegaba la sonrisa.
El bosque se cerraba cada vez más, se hacía húmedo, lóbrego; sumaba a la extensa gama de verdores, aromas totalmente nuevos para mí, texturas nuevas, sonidos que jamás había escuchado: perdí el sentido del tiempo, del espacio, de lugar. La felicidad se personificaba ante mí, eso era, eso era, no la conocía y ahora tenía la posibilidad de estrecharle la mano, atrás quedaban las preocupaciones; las intrigas de la tele-vicio; el noticiero informándonos acerca enemigo de turno, antes lo comunistas, ahora Al-Qaeda, daba los mismo, se necesitaba un pretexto para mantener la industria bélica en funcionamiento; pero que me importaba, eso ya no existía, este era el espacio que siempre había anhelado, era el paseo dominical que siempre esperé y que nunca supe que buscaba.
Me senté sobre un tronco increíblemente tapizado de musgos, para refrescar los pies en un arroyo. Escuché. Nada. Sonido alguno. El silencio más absoluto ni siquiera la brisa movía las hojas, los insectos se habrían mudado de seguro. ¡Los animales!, ¡claro! En mi largísimo caminata no me había topado con ninguno o sería que estaba tan ensimismado con el bosque que ¿me perdí de la otra parte del paseo?
El verde dominada todo el escenario, por ello no dejó de sorprenderme una hoja grisácea que navegaba arroyo abajo. La miré con atención, casi sorprendido de la existencia de otras tonalidades, traté de ahogarla con el pié, no opuso resistencia, dio un pequeño rodeo, volvió a la superficie y continúo su lento navegar. La seguí con la mirada y me sobresalté cuando una segunda hoja, esta vez de color marrón, acarició la planta de mi pie izquierdo –ocurre que es el único lugar de mi cuerpo donde siento cosquillas y la hoja golpeó en el sitio preciso-. Levanté la vista y recorrí el arroyo, corriente arriba. Las hojas de tonalidades grisáceas se estaban transformando en un ejército. Brinqué sobre el arroyo y comencé a recorrerlo en sentido contrario de la venida de las hojas. Mi instinto investigador se reactivó.
El arroyo era largísimo. A veces estrecho, otras, se abría en pequeñas lagunillas, sin embargo, nunca alcanzaba una profundidad que impidiera recorrerlo caminando, y ese sólo hecho se presentaba como una bendición, pues nunca me caractericé por ser un gran nadador.
Descansé en una pequeña playa que encontré en la ribera..., me encantaría poder precisar la ubicación exacta, sin embargo a estas alturas del recorrido no sabía donde estaba, aquí no hay nortes ni sures ni altos ni bajos, aquí todo es bosque, aquí todo es silencio y la ausencia gobierna en su máxima expresión.
Continué a contracorrientes. En el preciso momento en que la fatiga me aconsejaba no continuar, peras silvestres salieron a cortar mi paso, como en las películas, pensé. Descolgué varias y no se porqué las enjuagué en el arroyo, seguramente era mi herencia urbana la que me aconsejaba lavar la fruta para limpiarlas de la dosis de pesticida. A pesar que me sentía desfallecer, comí con tranquilidad, con la calma que sólo el dueño del día y de la noche puede hacerlo, – ¿qué hora será?-, se medirá el tiempo de igual modo ¿todavía?
Puse varios frutos entre mis ropas, no tanto como para proveerme de alimentos para más tarde, sino que temí no encontrar nuevamente aquel árbol, dueño de las peras más dulces que jamás había degustado.
Caminé muchas aguas, muchas, realmente desconocía esa capacidad mía de recorrer. El arroyo se hizo estrecho y se profundizó algo más. Por vez primera el agua me llegaba a la cintura. Iba con la vista fija en el limo cuando una luz me encegueció. Traté de levantar la vista pero no podía, el resplandor era demasiado para mis ojos acostumbrados a la uniformidad de colores. Detuve mi marcha y estuve largo rato con los ojos cerrados. Tuve ganas de sentarme, pero no había dónde. Levanté algo mis párpados y la luz continuaba allí. Intenté abrir un ojo primero, algo así como un instinto de conservación, algo así como que si pierdo uno, no importa tengo el otro. Me sentí ridículo. Cuando por fin logré distinguir, me di cuenta que había llegado al final del recorrido. El arroyo abría paso a un río de dimensiones enormes y a un escarpado roquerío. Me trepé a este último todavía desacostumbrado a la luz.
Apenas llegué a la cima me senté y comencé a alargar la vista. Ante mi se descubrió extensa la ciudad, o bien, lo que quedaba de ella. Edificios quemados, en ruinas. Desolación absoluta. Absoluta carencia de vida entre aquellas ruinas. Observé hacia todos los horizontes y nada, sólo la catástrofe, la hecatombe. Una extraña sensación se apoderó de mí, comencé a comprender que el silencio indicaba mi total soledad en el mundo. No quedaba nada, las bombas habían arrasado con la familia, los amigos, el bar de los viernes, con los recuerdos y la vida cotidiana. Respiré profundo y miré con sorna al bosque, quedamos sólo tú y yo, por lo visto, le comuniqué
Volví sobre mis pasos y me interné en el verdor, en la esperanza. Pensé en mi teléfono celular, por fin podía tirar a la basura el mentado aparato.
- ¡Maldita sea!, exclamé.
Estaba absorto observando la garúa matinal, ese manto inasible que se extiende sobre el lago Ranco, y, no sé si fue mi natural fobia por los teléfonos o lo desagradable de la interrupción, pero me levanté molesto en busca del aparato. El ring ring otra vez, por qué no lo habré apagado, mascullé sin sentido.
Me acerqué al teléfono como quien se aproxima a un campo minado, casi temeroso de que “alguien” me llamase, lo cual era bastante obvio, el teléfono estaba sonando pues.
Observé el visor: número privado. Recorrí mentalmente los números privados que podrían estar al otro lado de la línea. ¡Ring ring!, tomé el aparatillo, presioné el botón de color verde y me acerqué el auricular al oído.
- Aló, dije con voz quejumbrosa. Recordé aquella vez en que me quedé en casa agobiado por la semana laboral, cuando me reporté enfermo y comuniqué a mi jefe que me tomaría el día sábado para reponerme. Imité, sin quererlo, aquel tonito enfermo de quien contesta más por deber que por el gusto de entablar conversación alguna. Sólo el éter al otro lado de línea. Volví a mirar el visor: llamada perdida. Me alegré de mi lentitud, al tiempo que me preocupé por la llamada, y si era importante. Pensé algunos segundos y me reconvine a mi mismo, y si es importante, llaman de nuevo, me dije.
Aproveché la usurpación de mi privacidad y continúe camino hacia el ordenador, de todos modos tenía que leer los diarios y revisar el correo electrónico. No me podía ausentar tanto tiempo de la realidad, más que mal vivía inmerso en ella y este descansito no era más que eso, un aro en la vida urbana, un tomar aire puro, oxigenarme, hacer circular la sangre y recuperar mis cansadas circunvoluciones.
Encendí el PC y mientras esperaba que el sistema iniciara, recordé que estaba en la cabaña y que allí no tenía conexión a Internet. Dos intentos fallidos esa misma mañana era demasiado. Me calcé las botas y salí a caminar por el bosque. Todo indicaba que ese día mi contacto con la naturaleza era ineludible, todos los obstáculos que aparecían se esfumaban como por encanto, no podía ser coincidencia, los detalles son los matices de la vida, son los indicadores del movimiento, por lo tanto, al ataque, a la conquista del bosque.
Recogí algunas bayas y me interné por un sendero no muy marcado, no muy sendero en realidad, no obstante, denotaba el paso de otros seres antes que yo, lo cual me tranquilizó pues sabía que ese camino me llevaría a algún lugar. La pregunta era si deseaba llegar a ese algún lugar. No sé cuantos días han pasado desde que me vine de la ciudad, sin embargo han sido los suficientes como para transformarme en un feliz ermitaño.
Continúe la aventura de recorrer ese espacio de bosque casi inexplorado, me entusiasmó la idea de seguir la huella pues a medida que me internaba en ella, menos vestigios de paso humano encontraba. Si era así, es decir, si la huella desaparecía definitivamente, implicaba recorrer espacios vírgenes, senderos aun no inventados al paso del ser humano, una sonrisa de niño me tiñó el rostro, me sentí explorador, descubridor, comencé a moverme nervioso, ansioso, expectante, todos mis sistemas de defensa se activaron. Me asumí urbano, mi estómago agarrotado me lo recordaba.
El bosque cerraba paso ante mí. La naturaleza se hacía cada vez más verde, me mostraba todas las tonalidades ya conocidas y cada cierto tramo, me sorprendía con nuevos matices de verdes, totalmente nuevos para mi registro. El verdor era tremendo, un espectáculo tan maravilloso que no me importó perder de vista el cielo y la tierra. La costumbre urbana de calzarme de asfalto me hacia creer que flotaba entre nubes verdes, el paseo se hacía tan extraordinario que temí soñar, temí abrir los ojos y verme obligado a partir con rumbo a la oficina como cada mañana, cada semana, cada mes, cada año. Sentí hielo en la espalda, aunque noté que de mis labios no se despegaba la sonrisa.
El bosque se cerraba cada vez más, se hacía húmedo, lóbrego; sumaba a la extensa gama de verdores, aromas totalmente nuevos para mí, texturas nuevas, sonidos que jamás había escuchado: perdí el sentido del tiempo, del espacio, de lugar. La felicidad se personificaba ante mí, eso era, eso era, no la conocía y ahora tenía la posibilidad de estrecharle la mano, atrás quedaban las preocupaciones; las intrigas de la tele-vicio; el noticiero informándonos acerca enemigo de turno, antes lo comunistas, ahora Al-Qaeda, daba los mismo, se necesitaba un pretexto para mantener la industria bélica en funcionamiento; pero que me importaba, eso ya no existía, este era el espacio que siempre había anhelado, era el paseo dominical que siempre esperé y que nunca supe que buscaba.
Me senté sobre un tronco increíblemente tapizado de musgos, para refrescar los pies en un arroyo. Escuché. Nada. Sonido alguno. El silencio más absoluto ni siquiera la brisa movía las hojas, los insectos se habrían mudado de seguro. ¡Los animales!, ¡claro! En mi largísimo caminata no me había topado con ninguno o sería que estaba tan ensimismado con el bosque que ¿me perdí de la otra parte del paseo?
El verde dominada todo el escenario, por ello no dejó de sorprenderme una hoja grisácea que navegaba arroyo abajo. La miré con atención, casi sorprendido de la existencia de otras tonalidades, traté de ahogarla con el pié, no opuso resistencia, dio un pequeño rodeo, volvió a la superficie y continúo su lento navegar. La seguí con la mirada y me sobresalté cuando una segunda hoja, esta vez de color marrón, acarició la planta de mi pie izquierdo –ocurre que es el único lugar de mi cuerpo donde siento cosquillas y la hoja golpeó en el sitio preciso-. Levanté la vista y recorrí el arroyo, corriente arriba. Las hojas de tonalidades grisáceas se estaban transformando en un ejército. Brinqué sobre el arroyo y comencé a recorrerlo en sentido contrario de la venida de las hojas. Mi instinto investigador se reactivó.
El arroyo era largísimo. A veces estrecho, otras, se abría en pequeñas lagunillas, sin embargo, nunca alcanzaba una profundidad que impidiera recorrerlo caminando, y ese sólo hecho se presentaba como una bendición, pues nunca me caractericé por ser un gran nadador.
Descansé en una pequeña playa que encontré en la ribera..., me encantaría poder precisar la ubicación exacta, sin embargo a estas alturas del recorrido no sabía donde estaba, aquí no hay nortes ni sures ni altos ni bajos, aquí todo es bosque, aquí todo es silencio y la ausencia gobierna en su máxima expresión.
Continué a contracorrientes. En el preciso momento en que la fatiga me aconsejaba no continuar, peras silvestres salieron a cortar mi paso, como en las películas, pensé. Descolgué varias y no se porqué las enjuagué en el arroyo, seguramente era mi herencia urbana la que me aconsejaba lavar la fruta para limpiarlas de la dosis de pesticida. A pesar que me sentía desfallecer, comí con tranquilidad, con la calma que sólo el dueño del día y de la noche puede hacerlo, – ¿qué hora será?-, se medirá el tiempo de igual modo ¿todavía?
Puse varios frutos entre mis ropas, no tanto como para proveerme de alimentos para más tarde, sino que temí no encontrar nuevamente aquel árbol, dueño de las peras más dulces que jamás había degustado.
Caminé muchas aguas, muchas, realmente desconocía esa capacidad mía de recorrer. El arroyo se hizo estrecho y se profundizó algo más. Por vez primera el agua me llegaba a la cintura. Iba con la vista fija en el limo cuando una luz me encegueció. Traté de levantar la vista pero no podía, el resplandor era demasiado para mis ojos acostumbrados a la uniformidad de colores. Detuve mi marcha y estuve largo rato con los ojos cerrados. Tuve ganas de sentarme, pero no había dónde. Levanté algo mis párpados y la luz continuaba allí. Intenté abrir un ojo primero, algo así como un instinto de conservación, algo así como que si pierdo uno, no importa tengo el otro. Me sentí ridículo. Cuando por fin logré distinguir, me di cuenta que había llegado al final del recorrido. El arroyo abría paso a un río de dimensiones enormes y a un escarpado roquerío. Me trepé a este último todavía desacostumbrado a la luz.
Apenas llegué a la cima me senté y comencé a alargar la vista. Ante mi se descubrió extensa la ciudad, o bien, lo que quedaba de ella. Edificios quemados, en ruinas. Desolación absoluta. Absoluta carencia de vida entre aquellas ruinas. Observé hacia todos los horizontes y nada, sólo la catástrofe, la hecatombe. Una extraña sensación se apoderó de mí, comencé a comprender que el silencio indicaba mi total soledad en el mundo. No quedaba nada, las bombas habían arrasado con la familia, los amigos, el bar de los viernes, con los recuerdos y la vida cotidiana. Respiré profundo y miré con sorna al bosque, quedamos sólo tú y yo, por lo visto, le comuniqué
Volví sobre mis pasos y me interné en el verdor, en la esperanza. Pensé en mi teléfono celular, por fin podía tirar a la basura el mentado aparato.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home