Monday, November 06, 2006

Elena y Renato

Me aterra pensar en el futuro, Renato, ¿A ti no? No me preguntes por qué, pero no creo tener las fuerzas suficientes como para encontrar la punta de la madeja en este lío de pensamientos que tengo. Pienso en ese día en que dejamos a mamá y a la Camila en Pudahuel y siento miedo. Hay momentos en que despierto de esta pesadilla eterna, pero mis ojos parecen no entender lo que ven reflejados ante sí en el espejo. Son visiones tan ajenas, tan frías, que prefiero cerrar los ojos a pesar que sé que si lo hago volveré a soñar con los mismo, la misma y recurrente pesadilla. Me siento como ermitaña en un país de sombras, todo está, pero nada existe.

Estoy en el umbral de algo, sin embargo no me atrevo a cruzarlo. Estoy despierta deseando no haber despertado jamás, deseando que todo no hubiese sido más que una pesadilla que queda atrás al momento en que abres los ojos. Me escapo de la soledad, no obstante corre detrás de mí, me sigue por bosques encantados, llenos de recuerdos dulces que quisiera recoger y llevar conmigo, pero no puedo, no alcanzo, tengo que correr cada vez más rápido para dejarla atrás, me sigue por todos lados, por senderos milenarios que ni siquiera conozco, me pierdo en una selva donde hasta el cielo es verde, corro como una loca y bajo mis pies no hay nada, son pasos de nadie y no avanzo, me tropiezo, caigo, se me rasgan las ropas, no me quedan fuerzas, pero tengo que seguir corriendo, tengo que llegar, es una carrera contra mi misma, contra otros, contra todo, tengo que vencer, pero sé que no lo lograré, sigo corriendo y la ropa está empapada, tengo que correr, tengo que correr...

- ¡Elena!, ¡Elena!

Sentí un temblor terrible, sentí como el hombro se despedazaba cuando la bala laceró los músculos, los espasmos eran tan violentos que me cimbraba desde la cabeza hasta los pies. Comencé a recordar la niñez: veinte mil fotografías desfilaban ante mí, tan a prisa que no lograba reconocerme en ellas. Recordé el terremoto del 71, cuando estuve a escasos centímetros de morir aplastada por techo de adobe que destrozó mi cama. Esa noche pernoctamos en casa de nuestro vecino, a la sazón, la única casa del barrio que quedó en pie.
Al cabo de un momento, vino un segundo remezón similar a las réplicas de aquel terremoto, las que se sucedieron durante toda esa noche, pero está vez no era mi mamá quien trataba de consolarme, sino que era Renato. Me llevé las manos al pecho, sentía una opresión tremenda, me faltaba el aire y el corazón me palpitaba a una velocidad, hasta ese momento, para mi desconocida.

- Estabas soñando, negrita. Traté de despertarte, te zarandeé, pero no respondías, estaba super asustado.
- Disculpa, tenía una pesadilla horrible, ensayó Elena tratando de explicar lo ocurrido, pero se dio cuenta que ni siquiera ella lo comprendía. Me traerías agua Rena, por fa.
- Sí, por supuesto, mi amor.

Renato dio un suave manotazo a la pantalla de la lámpara de noche, de manera que el haz de luz no cayera directo sobre los ojos de su compañera; Elena sentía escalofríos y el cuerpo pesado. Al cabo de unos segundos Renato regresaba con el agua. Elena la bebió a grandes sorbos.

- Tranquila, tranquila, que no es vino.
- ¡Ah, qué pesado!, reclamó Elena. Estaba soñando con el terremoto del 71, cuando perdimos la casa amarilla. Aquella vez que se desplomó un murallón sobre mi cama y estuve a punto de morir aplastada.
- Ay, pobrecita, menos mal que no te pasó nada, mira lo que me hubiese perdido.
- ¡Qué pesado!, Todo lo echas a la broma, fue una pesadilla tremenda la que tuve.
- Por lo mismo, mi amor, quiero que te relajes y te olvides de esa pesadilla.
- ¿Ah, sí?, y por qué no me relajas de otro modo mejor, en vez de estar riéndote de mí.
- ¿Qué quieres que te cocine algo, un cortadito y tostadas palta, tal vez?
- Claro, me ofreces comida y luego me dices que estoy obesa.
- Nunca tan obesa, si apenas pesas setenta kilos.
- Sesenta y uno, señor, sesenta y uno. Además yo me refería a otra forma de relajación.
- ¡Ah!, Quieres que te haga masajes... en los pies.
- Tonto...

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